"Ah Puch, te vimos en un sueño sin sudor, vestido de un color agrio eclipsaste el rumbo amarillo, a nuestro sur. Tu enviado nos ha hecho infelices: ¡adios, flor! te posaste en nuestros labios".
- ¿Habla?
- Sí, lo escuchaste.
- Es un zorrillo...
- Pero dice venir a ayudarnos.
- No le creo, demasiado dramático ¿no has visto como mira a las doncellas?
- No importa, trae un mensaje importante, habla sobre el enviado de Ah Puch...
- Si habla ¿por qué no lo hace como lo hacemos tú y yo ahora?
“Quiere que vuelva el Gran León para ser Halach Uinik, él se encargará de alimentarlo, y en recompensa el Gran León habrá de colocarlo en el punto exacto de la jungla donde no necesitará”.
- Sí, pero dinos ¿quién es el enviado?
“Está entre vosotros, con voz grave miente y guarda silencio. ¡Vete, guerrero a las sombras o hacia el agua y ahí estará con algún Chá ako’ob! ¡Vete a la luz o a beber y algún sentido tuyo hallará su presencia! ¿Escuchas ese estruendo? Son las voces del Gran León, a quien nuca habéis llamado, pero quiere estar aquí”.
Y se juntaron los escribas, los poetas, los sacerdotes y los hombres pequeños en un colectivo provistos con cacao de un solo día y todo era felicidad en la búsqueda. Y se fueron de la ciudad a mostrarse y a aprender. Y así fue durante un tiempo hasta que vino el eclipse que presagió la catástrofe, se oscureció el sur del país y el zorrillo se marchó y echó a reír.
Supieron todos sobre el enviado y nadie lo ofendió, pero nadie lo acogía en su casa. Entonces bajó la cara, pesaba mucho la noche estrellada, un fulgor naranja susurrabale esperanzas: lo que antes era juego de ingenio, ahora es dictadura de adormidera.
Otro día soñó que caminaba por una jungla dividida por un río que corría entre la mierda y para no ensuciarse aprendió a caminar, y cuando despertó se hizo hombre aquél.
Espesa era la madrugada cuando el zorrillo se echó a llorar.