miércoles, 21 de febrero de 2007

El disimulado


No le he perdonado a mi madre el desdén con el que eligió mi nombre: Juan. Mejor hubiera sido que me nombrara con algún otro más melódico como "Colibrí" o "Licántropo"; no estaba ahí en ese entonces para entender que después de seis hijos, el séptimo causa la misma sensación que un estreñimiento asistido.

Ahora que me miro en el espejo comprendo que desde mi nacimiento estoy condenado a ser ordinario. Crecí con la misma historia que todos, con una educación básica que me permitió encontrar trabajo en mi juventud sin dificultad para comprarme cositas innecesarias que me daban la seguridad suficiente para burlarme de la incredulidad de mi padre a sus cincuenta años, cuando el viejo no entendía el por qué tenía un manojo de pelo en la mano cuando se peinaba.
Yo salía con Susanita en ese entonces y desarrollé habilidad en la pelvis y se me notaba un músculo indiscreto en las nalgas; lo único que podía detener ese desarrollo muscular era el jalón de greñas que Susanita me propinaba para que me detuviera, para saber que había terminado de usarme y dejarme sin dinero, sin amigos y sin nada.
Todo igual que todos. Me quise sentir moderno y evité eso del matrimonio, me quise sentir joven y evité las advertencias sobre lo inevitable de la herencia biológica. Me hice el disimulado y ahí empezó el problema con las frases: mi hermano fue el primero en decírmelo. "Quiobo, mi disimulado", me decía cada que iba a visitar la casa de mis padres (donde vivo todavía, al viejo se lo comió el cáncer), hasta que me harté y le pregunté por qué me decía así, "es que TE PASAS DE FRENTE" y caí en cuenta...
Lo cruel es cuando los amigos y familiares le toman más importancia que uno mismo y cuando podrían saludarte y hablar sobre el pinchi gobierno o el fútbol, abren la charla con... con eso.
Juan, solterón y calvo. Pude contener la histeria hasta que mi persona funcionaba como punto de referencia "Sí, mira, Rodríguez es aquél de camisa roja; de donde está ese pelón a la derecha" y ni qué decir de los chistes a mis costillas.

Como todos a los que les preocupa el aspecto físico (ya no digamos lo estético, que busca sus caprichos y no llegaba yo a exigir tanto) intenté de todo, desde los champús de chile que te sacan pelo (¿entonces los champús de pelo te sacan...?) hasta los injertos, pero, aquellos a quienes había visto tan desesperados para hacerlo, me hicieron desistir, yo no quería parecer muñeca de basurero con esos puntos horribles que ponen en evidencia el desperdicio de dignidad...
Leí, lloré, ya no amé y el pelo seguía su inevitable camino hacia el suelo. Médicos, tratamientos que aparecían en revistas, peluquín, boinas... Llegó el láser, es verdad, pero también funcionaba para la depilación, así que no lo tomé en cuenta.
Un día mi hermano se enojó con su esposa y me invitó a tomar unas copas en un bar. Vi a Susanita con su esposo, ella tiene unas caderas suculentas y él una melena que seguramente ella jalonea salvajemente. No le dije nada a mi hermano, quien me dio una recomendación para enmendar su comentario de hace años.
Me lo tomo de buena gana, porque, gracias a mi hermano, he llegado a una conclusión: no es que esté pelón, lo que sucede es que me creció la cara, tengo la cara muy grande. Ese hijo de su desdeñosa madre también tiene lo suyo: no es narizón, tiene la cara muy pa trás.

Lex Luthor, Gandhi, Salinas de Gortari y miles de etcéteras, por lo menos son famosos. Yo soy Juan y la leucemia que me cargo también es insoportable.

lunes, 19 de febrero de 2007

Mujeres Calvas, Jalisco

Es muy difícil hablar de una característica del ser humano sin ser despectivo, así que me perdonarán cuando diga que en este país, para lo único que sirve una pelona es para que los albureros jueguen.
No logro concebir a una mujer, de esas que siguen siendo adolescentemente atacadas con comercialitos de ""Mira mis ondas y mírame de nuevo", quedándose calva, sintiendo que está soltando más pelo que un perro y su único consuelo es que huele y viste mejor que un canino. Estaría usando un gorro, una cachucha, una boina, una mascada, uno de esos nuevos accesorios cuyo nombre desconozco, Intentaría adaptar su estilo a la moda verano invierno para calvas.
A una mujer, tan violada por los valores estéticos, sólo le quedarían dos cosas: raparse y decir que descubrió esa moda por accidente, cuando entró a alcohólicos anónimos, o dejarse crecer los extremos para hacerse una colita que se colocara abajo de un sombrero y fingiera la abundancia.
La verdad es que, aunque no paso mucho tiempo en los puestos de periódicos, nunca he visto a una mujer calva en las portadas de las revistas. Han aparecido algunas que son rapadas y adornan su rostro con aretitos que sí les quedan, pero nunca he visto a una mujer naturalmente calva en ningún medio de los espectáculos. Siendo más detallista, no he visto, en mi vida, a una mujer calva o con indicios de calvicie donde el partido en medio vaya asemejando al mar Rojo cuando Moisés lo separó. Nuevamente estamos lidiando con los problemas de la imagen, cosas que sólo tendrán solución cuando todo tiempo dedicado a ellas sea mínimo o pase a un segundo plano.
Si algunos hombres calvos tienden a no salir en público por inseguridad, ahora imagino que por eso es que no he visto mujeres calvas en mis alrededores. Hasta hoy, no he oído de gente que se suicide por estar quedando calvos, aunque a lo mejor no anuncin esto para no darle ideas a otros pelones.
Pero no hay que desesperarse, señoras, a lo mejor y se encuentran a alguien que tenga alguna aberración en contra del cabello y ustedes encajen perfectamente, así como hay gente que se siente atraída por los hombres calvos (la mayoría de ellas, solteronas, que causaron la victoria de Felipe Calderón ), seguramente hay hombres que busquen también tal defecto en una mujer.

Por mi parte, es todo.