Ahora que me miro en el espejo comprendo que desde mi nacimiento estoy condenado a ser ordinario. Crecí con la misma historia que todos, con una educación básica que me permitió encontrar trabajo en mi juventud sin dificultad para comprarme cositas innecesarias que me daban la seguridad suficiente para burlarme de la incredulidad de mi padre a sus cincuenta años, cuando el viejo no entendía el por qué tenía un manojo de pelo en la mano cuando se peinaba.
Yo salía con Susanita en ese entonces y desarrollé habilidad en la pelvis y se me notaba un músculo indiscreto en las nalgas; lo único que podía detener ese desarrollo muscular era el jalón de greñas que Susanita me propinaba para que me detuviera, para saber que había terminado de usarme y dejarme sin dinero, sin amigos y sin nada.
Todo igual que todos. Me quise sentir moderno y evité eso del matrimonio, me quise sentir joven y evité las advertencias sobre lo inevitable de la herencia biológica. Me hice el disimulado y ahí empezó el problema con las frases: mi hermano fue el primero en decírmelo. "Quiobo, mi disimulado", me decía cada que iba a visitar la casa de mis padres (donde vivo todavía, al viejo se lo comió el cáncer), hasta que me harté y le pregunté por qué me decía así, "es que TE PASAS DE FRENTE" y caí en cuenta...
Lo cruel es cuando los amigos y familiares le toman más importancia que uno mismo y cuando podrían saludarte y hablar sobre el pinchi gobierno o el fútbol, abren la charla con... con eso.
Juan, solterón y calvo. Pude contener la histeria hasta que mi persona funcionaba como punto de referencia "Sí, mira, Rodríguez es aquél de camisa roja; de donde está ese pelón a la derecha" y ni qué decir de los chistes a mis costillas.
Como todos a los que les preocupa el aspecto físico (ya no digamos lo estético, que busca sus caprichos y no llegaba yo a exigir tanto) intenté de todo, desde los champús de chile que te sacan pelo (¿entonces los champús de pelo te sacan...?) hasta los injertos, pero, aquellos a quienes había visto tan desesperados para hacerlo, me hicieron desistir, yo no quería parecer muñeca de basurero con esos puntos horribles que ponen en evidencia el desperdicio de dignidad...
Leí, lloré, ya no amé y el pelo seguía su inevitable camino hacia el suelo. Médicos, tratamientos que aparecían en revistas, peluquín, boinas... Llegó el láser, es verdad, pero también funcionaba para la depilación, así que no lo tomé en cuenta.
Un día mi hermano se enojó con su esposa y me invitó a tomar unas copas en un bar. Vi a Susanita con su esposo, ella tiene unas caderas suculentas y él una melena que seguramente ella jalonea salvajemente. No le dije nada a mi hermano, quien me dio una recomendación para enmendar su comentario de hace años.
Me lo tomo de buena gana, porque, gracias a mi hermano, he llegado a una conclusión: no es que esté pelón, lo que sucede es que me creció la cara, tengo la cara muy grande. Ese hijo de su desdeñosa madre también tiene lo suyo: no es narizón, tiene la cara muy pa trás.
Lex Luthor, Gandhi, Salinas de Gortari y miles de etcéteras, por lo menos son famosos. Yo soy Juan y la leucemia que me cargo también es insoportable.
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